La curiosidad mató al gato

Me encontraba dando una vueltecilla por Vientián, capital de Laos (que, por cierto, no tiene casi nada de especial), tal vez un tanto aturdido tras el nuevo cambio en el sentido en la conducción (en Laos se conduce como es debido, por la derecha), cuando una simpática señora de unos 50 años me saludó y nos pusimos a hablar animadamente. Era de Malasia y su hija estaba a punto de marcharse a Mallorca a estudiar (¡qué casualidad!). La mujer estaba preocupada porque era un mundo muy diferente para ella y quería saber más cosas. Se nos unió su tío, con el que había quedado por allí, y me invitaron a un refresco en una terraza. Tras una animada conversación me ofrecieron ir a comer con ellos, así podría conocer a su hija/sobrina-nieta y darle algunos consejos. ¡Claro, por qué no! Era una oportunidad excelente de conocer gente nueva.

Llamaron a un tuk-tuk que nos acercó a su casa. Nos recibió la que parecía una sirvienta o familiar que ayudaba en casa y en seguida salió el hermano del tío, un hombre con una sonrisa permanente en la cara smile Me habló también de su sobrina-nieta y de lo preocupada que estaba su madre por ella. Le hablé un poco de la cultura española:

¡Nada que temer, sólo a los ladrones de guante blanco! Jajajaja

Y de Mallorca:

La playa la han invadido los alemanes, pero el interior es más local.
+ ¿Playa?
Oh… pero, ¿no sabéis donde está Mallorca? Mirad — mostrándoles un mapa en el móvil —, es esta isla de aquí.
+ Ah, ¡que es una isla!
¡Sí! — ¿pero en qué mundo vive esta gente? ¡Que su hija va para allá!

Le comenté de qué trataba mi viaje y que iba buscando trabajo temporal donde fuera para sacar algo de dinero y seguir viajando así que que probablemente me pararía un tiempo en Camboya. Allí el visado era sencillo de conseguir.

+ ¿De verdad? Pues yo trabajo en un barco en la costa de Camboya y tal vez podrías trabajar ahí — ¡casualidad!
¿En serio? ¡Sería genial!
+ Trabajo como pit-boss en el casino — uhhh —, así que podría enseñarte algunos trucos de cartas ahora y cuando me vengas a visitar entras por la entrada VIP — claro, claro —. Podemos trabajar juntos allí. ¿Qué te parece? — Qué cojones… No tengo intención alguna de ir a visitarte y menos aún de trabajar contigo en un casino timando a gente. Pero… veamos a dónde nos lleva todo esto, tengo curiosidad por esos trucos grin
¡Claro! ¿¡Por qué no!?

Subimos al piso de arriba el pit-boss, su hermano y yo mientras que la mujer y la “sirvienta” desaparecieron dentro de la casa. El pit-boss me estuvo enseñando trucos sobre cuándo apostar en el Blackjack y gestos para indicarme durante el juego cuándo debía pedir carta y cuándo no.
Me contaba que las apuestas normalmente eran unos 5000$ y que él me daría ese dinero para que yo lo jugara en su mesa — imaginad aquí mi mejor cara de ¿¡¡pero de qué vas!!? —, pero que como era novato empezaríamos por 200$ para que si lo perdía no fuera un gran trauma — ni 200$ ni 1$, estás que lo flipas. Me dijo también que las primeras partidas las jugaría su hermano y así yo podría mirar y ver cómo funcionaba.

Me habló entonces de un cliente suyo de Singapur que trabajaba con joyas, con oro y plata. Que probablemente vendría a comer — esto ya es raro — y que podría ver la partida pero que yo tendría que decir que estaba allí sólo de visita y que su hermano era mi guía en la ciudad — claro, claro, lo que tú digas campeón.
Cuál no fue mi sorpresa cuando, oh casualidad, la sirvienta llamó a la puerta y anunció una visita. Era el cliente de Singapur. En ese momento mi previo entusiasmo por conocer gente nueva desapareció por completo y mi cabeza de chorlito comprendió lo que estaba pasando.

Estupendo, así que no soy yo el que voy a estafar a gente rica en un barco cuando supuestamente vaya a ver a este tipo a la costa, sino que al que van a intentar timar es a mí, aquí y ahora. Esto ha llegado demasiado lejos. ¡Es momento de echar patas!

Tras las presentaciones oportunas el tipo se sentó en la mesa directamente para jugar y le dio al pit-boss un fajo doblado de billetes que pretendían ser 2000$ — claro, claro — y éste último apuntó en una hoja cutre de papel el balance de la partida. En un lado el singapureño con 2000$ y en el otro con 200$ su hermano y ¿¡yo¡? fearful cold_sweat El hermano no se puso las fichas así mismo, sino que las puso entre los dos, que estábamos sentados juntos. Viendo el panorama me aparté visiblemente e indiqué que no, que el que jugaba era él, no yo.

El pit-boss, que era más listo que el hambre, dijo:
+ Oh, ¿tal vez prefieras salir?
Sí, creo que será lo mejor.

Curiosidad satisfecha. Cogí mis cosas y me fui acompañado de la mujer que antes de saber lo que había pasado me preguntó que si no esperaba a que llegara su hija. Cuando se dio cuenta perdió la sonrisa. Las cartas ya estaban descubiertas sobre la mesa.


Siempre que alguien dice aquello de “La curiosidad mató al gato” contesto algo que aprendí de mi hermano: “pero salvó al ratón”.
No obstante, a veces es mejor andarse con cuidado no vaya a ser que uno termine convertido en el gato y no en el ratón.

Volviendo al hostal me fijé en un par de cartas que había en el suelo. Ahora van siempre conmigo como recuerdo de que, sin dejar de confiar en la gente, las apariencias engañan y hay que estar atento y no fiarse en exceso, aunque uno esté deseando abrirse a los demás o entrar en su mundo.

 

P.S. (13/08/2015): En Phnom Penh, la capital de Camboya, varias veces me han parado personas similares a los de Vientián, normalmente mujeres o parejas. Me alegro de haber vivido dicha experiencia (y que saliera bien), puesto que ahora soy capaz de oler el intento de timo a leguas de distancia.



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