Primera parada: Rumanía

Transfăgărășan

Rumanía, tierra denostada por tantos países europeos que sólo ven en ella una fuente de gitanos, bandas armadas o de los peores gorilas de discoteca. Y cómo cambian las cosas cuando uno se abstrae de lo que escucha en los unidireccionales medios de comunicación tradicionales y se abre a nuevas experiencias en mundos desconocidos.

¿Recordáis dónde nos habíamos quedado? Miky, Bea y yo acabábamos de llegar a Bucarest después de 5 días intensos de conducción. Aprovechando que teníamos el coche, Miky me llevó a dar una vueltecilla por los Cárpatos mientras Bea se quedaba de ama y señora de casa relaxed

Así pues, descansamos un poco esa noche y al día siguiente a levantarse tempranito para hacer el recorrido propuesto:

Valaquia, Transfăgărășan, Brașov y Peleș

La primera parada era Curtea de Argeș, antigua capital del Principado de Valaquia (lo que viene siendo todo el sur de Rumanía) donde paramos a ver el monasterio de la ciudad con su preciosa catedral. ¡¡Con leyenda incluida!! La catedral es de principios del siglo XVI, pero me llamaron mucho la atención sus inscripciones cirílicas (que se ven muy a menudo en el sur de Rumanía). El alfabeto rumano es latino y en la época de la construcción de la catedral el principado estaba bajo influencia otomana (aunque parece ser que las costumbres cristianas se mantenían). Así que no me explico qué pueden hacer ahí esas inscripciones que deberían pertenecer a la época en la que el Imperio Búlgaro dominaba la zona.

En la misma ciudad vimos también la Iglesia Principesca de San Nicolás, la más antigua de la región, del siglo XIV. Aunque no entramos a ver las pinturas interiores: las primeras rumanas, aún con influencia bizantina.

En esta ciudad pude observar 3 de las cosas que más abundan en Rumanía: iglesias, perros y gitanos.
Paul, un amigo rumano de Miky, ironizaba diciendo que preferían construir iglesias antes que escuelas. Yo no estoy en contra de la religión como concepto (todos necesitamos creer en algo) siempre y cuando no intervenga en la vida de los demás directa o indirectamente. No me gusta cuando una creencia se convierte en algo que ciega y no deja ver.
Sobre los perros, parece que intentan paliarlo y de hecho se ven muchos de ellos con un identificador en la oreja que los marca como castrados.

Y sobre los gitanos… bueno, a excepción de una foto que intenté hacerles en Curtea y por la que luego venían a pedirme dinero (de alguna manera lo entiendo, quién soy yo para utilizar su imagen privada, aunque dudo que fuera por eso…), no he tenido problemas con ellos. Como con la religión, no tengo problemas con ninguna cultura siempre y cuando respeten a los demás. El tema de los gitanos podría dar para un libro entero, pero por hablar un poco del tema: a mí me parece perfecto que no se quieran integrar en la Sociedad (de hecho, es precisamente lo que intento hacer yo de alguna manera), pero me revienta que esas personas que no quieren estar dentro de la Sociedad se dediquen a robar o intimidar a los demás. Desde luego no todos los gitanos lo hacen (hay buenos ejemplos de gitanos que se dedican a recorrer diversas zonas recogiendo basura que luego venden como chatarra, contribuyendo así a la limpieza de residuos), y sin duda hay mucha más gente que roba e intimida (no tenemos más que pensar en la panda de criminales malnacidos que nos “gobierna” y “representa”), pero por experiencia propia son muchos los que se aprovechan de la Sociedad y de la protección y beneficios que obtienen de ella por ser minoría étnica. Ser minoría étnica suele ser un motivo de exclusión social contra el que todos deberíamos luchar, pero aprovecharse del status y de la ayuda que los diversos países tienen hacia las minorías lo que provoca es precisamente mayor rechazo y exclusión. En el caso de Rumanía la verdad es que no tengo muy claro cómo son tratados a nivel social, pero por el motivo que sea el sentimiento de rechazo hacia los gitanos está presente en la gente, tal y como lo está en España.

Seguimos camino hacia Cetatea Poenari donde se encuentra la que fue la fortaleza de Vlad Tepes, también llamado Vlad Drăculea o Vlad El Empalador por su adorable costumbre de empalar a gente. El curioso personaje empaló entre 40000 y 100000 personas… debió pensar que Dios era un gigante al que le gustaban los pinchos morunos humanos. Ya me puedo imaginar a su madre regañándole, ¡Draculín! ¡Te he dicho mil veces que con la comida no se juega!. Bram Stoker imprimió parte de su carácter en el protagonista de su novela Drácula. Así que lo veréis nombrado en muchos sitios simplemente como Drácula.

La fortaleza está derruida completamente y no vale la pena casi ni entrar al recinto, pero por lo que al final uno paga es por las magníficas vistas. Aunque el que quiera llegar hasta allí tendrá que subirse sus 1480 escalones. Por cierto, con el carné de estudiante te hacen muy buen descuento en todas atracciones turísticas de Rumanía. Y en la mayoría cobran una suma desorbitada por sacar fotos o vídeos que evidentemente nadie paga. Es cuestión de no cantearse mucho y hacerse el tonto como si no supieras nada laughing

Tras una comida bajo el sonido de la electricidad pasando por los cables de alta tensión y rodeados de perros hambrientos con cara de pena, pusimos rumbo a Transfăgărășan, una carretera sobre los Cárpatos construida en los años 70 por Nicolae Ceaușescu, presidente (y posterior dictador) de Rumanía, para un paso rápido de las tropas a través de las montañas como respuesta a la invasión de Checoslovaquia en 1968 por parte de la URSS.
Esta carretera es una de las más bonitas del mundo.

Todo iba bien conduciendo por la cara sur de las montañas, pero al llegar a la cara norte…

Lo cierto es que el espectáculo con la niebla era precioso también y haciendo el frío que hacía (Miky, eres un marica) entramos en el restaurante que había allí a calentarnos y tomar una ciorba (sopa, pronunciado chorba) calentita. Tenía la sensación de haber vuelto años atrás cuando mis padres llevaban a unos futuros Navarro y Navarrín ( stuck_out_tongue_winking_eye ) a la montaña smile
Pero por desgracia se habían quedado sin ciorba así que comimos unas deliciosas chuletas de sajonia acompañadas de una cervecita rumana.

Tras bajar la montaña la niebla se disipó y continuamos camino hacia Brașov donde dormiríamos en una tranquila pensión. Bueno, no tanto para Miky. El tío cayó redondo en la cama y yo estuve moneando un poco con el ordenador. Antes de irme a acostar me levanté y fui a salir de la habitación para rellenar la botella de agua. Todavía me parto el culo al recordar la cara de Miky despertándose de súbito con los ojos abiertos como platos al escuchar la puerta abriéndose satisfied satisfied satisfied

Al día siguiente nos levantamos a una hora medianamente decente y visitamos Brașov:

Aprovechamos para coger allí algo de comida y nos dirigimos hacia Sinaia. Aunque lo lógico habría sido ir primero a Râșnov y al Castillo de Bran, la luz se iba pronto y los kilómetros se hacían lentos en las carreteras rumanas. La prioridad era el Castillo de Peleș (en Sinaia), una obra maestra para la que recomiendo coger la visita completa de todas las plantas. Como podréis observar en los precios, la diferencia con el carné de estudiante es suculenta.

Posteriormente hicimos el recorrido de vuelta hacia el Castillo de Bran. Francamente, no tenía intención de verlo por dentro (y tampoco llegamos a tiempo pues cerraba a las 18:00), dado que en mi opinión a día de hoy es algo puramente comercial (es el castillo en el que se inspiró Bram Stoker para su novela y donde se han rodado múltiples versiones de El Conde Drácula), pero por fuera sí me pareció un castillo bonito e interesante.

No dio tiempo sin embargo a ver la Ciudadela de Râșnov, tan solo de lejos. Eso quedará para la próxima vez.

Con el turisteo hecho enfilamos de vuelta a Bucarest donde disfrutamos de una noche tranquila pero larga de cervecitas por las calles de la ciudad con Bea y los compis de curro de Miky beers grin

 

La aventura en solitario: Cluj-Napoca y alrededores

Al día siguiente mi aventura en solitario comenzaba (un poco tarde tras la noche de fiesta). Estábamos a lunes, eran las 4 de la tarde, anochecía a eso de las 6 y tenía que llegar hasta Cluj-Napoca, mi centro de operaciones para la visita a Rumanía. Por supuesto, no tenía alojamiento todavía satisfied
Busqué en HitchWiki algún punto para hacer autostop, me despedí de Miky y Bea y me fui a hacia la zona. Afortunadamente la casa de Miky y Bea estaba a las afueras de la ciudad, pegada a la carretera que salía hacia mi destino. Escogí un punto algo diferente al de HitchWiki, pero con mi amplia sonrisa de bonachón en 20 minutos conseguí un coche que me llevaba hasta Sibiu, una ciudad en un punto intermedio. Tardaríamos unas cuantas horas en llegar y ya sería de noche así que eso suponía que tendría que hacer noche en Sibiu o buscar un autobús o un tren hacia Cluj. No obstante, a esas horas era lo más lejos que podía aspirar a llegar, así que me monté; no sin antes aclarar que viajaba sin dinero. En Rumanía hacer autostop es extremadamente común, especialmente entre los pueblos, todo el mundo lo hace y generalmente agitan la mano arriba y abajo en vez de la señal internacional de levantar el pulgar, pero pagan una pequeña cantidad de dinero al conductor. Como un Blablacar, compartiendo coche pero sin reservar y en cualquier lado. La “tarifa” es variable, y aunque depende de la distancia también el tipo de carretera tiene algo que ver, así que lo mejor es aproximar por tiempo; sin contar atascos, claro. Yo lo he utilizado mucho en Rumanía y podría aproximar que una tarifa adecuada son unos 7 Lei por cada 30 minutos.
Los Lei son la moneda rumana, por cierto. En singular sería 1 Leu y el código internacional es RON. 1€ son unos 4,5 Lei. Así que el precio por hacer autostop en Rumanía (a menos que digas con antelación que viajas sin dinero y te cojan) es de unos 1,5€/30min aproximadamente.

Volvamos de nuevo al tipo que me cogió. La verdad es que no recuerdo su nombre. Bueno, no recuerdo el nombre de nadie. El tiempo que pasas con la gente que te recoge es suficiente para recordar sus historias, anécdotas y consejos, pero el nombre… a menos que lo apunte en algún lado, se pierde en algún punto recóndito de tu memoria. Eso suponiendo que lo hayas entendido adecuadamente o que si quiera te hayas presentado. Nuestros nombres aquí son lo de menos, no necesito nombrarle en ningún momento, lo importante es la persona que hay detrás. A veces ni siquiera recuerdas muy bien lo que te han contado. A veces son cosas de las que hablas con las que te formas una idea, que quedan dentro de ti de alguna manera, pero no eres capaz de reproducirlas y contarlas.

El hombre hablaba poco inglés, pero nos entendíamos bien. De hecho, gracias a las horas que pasé con él pude aprender unas cuantas palabras en rumano que luego me servirían para desenvolverme mejor por el país; y él pudo practicar su oxidado inglés, que según me dijo ya no tenía oportunidad de hacer. Por supuesto hablamos de política, no quedaba ni 1 mes para las elecciones a presidente de la República Rumana y había carteles electorales por doquier (en Rumanía el presidente no es una figura meramente representativa sino que designa al Primer Ministro, es el comandante en jefe de las Fuerzas Armadas y tiene, en general, bastante poder). En algún momento dado le comenté lo mal que conducía la gente y el hombre asintió y me fue señalando algunos locos al volante. Se ve que no pilló mi indirecta laughing Pero ciertamente luego descubriría gente que eran verdaderos peligros. La verdad es que el hombre era muy majete, ¡hasta me compró unos dulces típicos del país en una parada intermedia! Y ya llegando a Sibiu llamó a su mujer para ver si podía localizarme un bus o un tren hacia Cluj, pero a las 8 salía el último y no llegábamos a tiempo. Así pues, tocaba hacer noche en Sibiu.

Los rumanos hablan de Sibiu como una de las ciudades más bonitas. Tal vez sea porque no le dediqué más que un paseo nocturno y otro mañanero, o porque ya estoy acostumbrado a los grandes edificios de ciudades europeas, pero a mí no me pareció gran cosa. A excepción de sus graciosas casas con ojos smile

Busqué alguna Wi-Fi gratis a la que me pudiera enganchar por los alrededores de donde me había dejado el hombre (bastante cerca del centro), me conecté a Booking y localicé un par de hostales baratos donde me podría alojar. Preferí no reservar, sino ir directamente y decir que había visto la oferta, a ver si me hacían el mismo precio. Siempre he pensado que para ellos sería mejor, así no tendrían que pagar tasa a Booking por mi reserva, pero se ve que no. Supongo que una de las razones por las que uno reserva por Booking, el tener soporte en caso de que algo vaya mal, también es algo por lo que a los hostales/hoteles no les importa cobrar menos. En el primer sitio en el que pregunté me salió una mujer mayor que lo único que hablaba además de rumano era alemán, así que tuve que desempolvar mis habilidades germanas (no, las de beber cerveza no, las del idioma). Al no tener reserva por Booking el precio por noche era 10 Lei más de lo que había visto ¿¡Comor!? No es que eso suponga mucho dinero con el cambio al Euro, pero cuando uno no tiene ingresos cualquier cosa es mucho. Podía hacer la reserva por Booking y coger la habitación si llamaba al número rumano que aparecía en la puerta y hablaba con el dueño del hostal para preguntarle si me lo permitía. Así que dije que sí, que ahora llamaba desde una cabina porque mi teléfono no funcionaba y me fui. Lo cierto es que no podía porque acababa de hacer la portabilidad de compañía (cambié a un prepago para no tener gastos mensuales de un teléfono del que sólo quería conservar el número) y aún no había liberado el móvil, pero tampoco tenía intención de hacer una llamada en roaming desde Rumanía…

Así pues, me fui al siguiente hostal. No contestaban a la puerta. Mierda. ¡No era tan tarde! En fin, nueva búsqueda y encontré uno algo más caro, pero todavía más barato que el primero sin reserva, que tenía muy buena pinta. ¡Y vaya si acerté! Probablemente el mejor hostal en el que he estado nunca. Prometo que no cobro nada por ello, pero si vais a Sibiu, tenéis que alojaros en el Smart Hostel.

El hostal está genial de precio (45 Lei), un poco complicado de encontrar, pero en pleno centro de Sibiu. Las camas eran literas, como en la mayoría de las habitaciones compartidas de los hostales, ¡pero menudas literas! Eran enormes, con un colchón de al menos 30cm de grosor, sobre una tabla de madera en la que aún quedaban 40-50 cm donde podías poner tus cosas para tener a mano incluso si estabas en la litera de arriba (como era mi caso), así como una pequeña tabla de éstas para desayunar en la cama que hacía las veces de mesita de noche. La habitación era amplia y las taquillas también y yo cabía perfectamente de pie sobre la madera de la litera de arriba. Tenía un salón con buenos sillones donde ponerse a leer, utilizar el ordenador o hablar con la gente, así como un portátil que podías usar cuando quisieras. El baño era amplio y ¡la ducha tenía hasta hidromasaje! Pero lo mejor, lo mejor de todo (y mira que la cama ya era buena) era el desayuno. Estaba incluido en el precio y tenías de todo. Desde el típico muesli con leche, café y zumos hasta huevos para freír o cocer, pasando por fruta variada, filetes de ternera y hamburguesas preparadas para cocinar. Una pasada.

Aproveché la estancia en el hostal para seguir buscando algún CouchSurfer en Cluj que me pudiera alojar un par de noches y hablé con la gente que había allí alojada… bueno, había un tipo mayor un tanto raro que no dejaba de hablar en voz baja, de tumbarse y levantarse de la cama y de ir de un sitio a otro. Creo que el pobre debía tener algún problema de insomnio y se aburría. O simplemente estaba ido de la chota.

Por la mañana, tras una buena ducha, un magnífico desayuno y una charla matutina con los compis de habitación, puse rumbo a las afueras de la ciudad para intentar coger un coche que me llevara a Cluj. El sitio que vi en HitchWiki resultó estar lleno de locales intentando conseguir un coche que les llevara. La competencia era mucha así que no tardé en alejarme en busca de algún sitio mejor. Tras unos 500-800 metros encontré un buen lugar. Tuve que esperar 1 hora aproximadamente, pero finalmente paró una furgoneta. Estaba llena de locales. Según me dijo posteriormente el conductor en su escaso inglés cuando nos quedamos solos, él hacía esa ruta todos los días trabajando para una compañía de transportes. Y es que en Rumanía no hay diferencia entre coger los microbuses que te llevan de una ciudad a otra y conseguir un coche que te lleve. El precio viene a ser el mismo y hay compañías que fletan furgonetas para hacer recorridos donde los locales suben y bajan constantemente. A diferencia de los mircobuses, los coches y furgonetas no tienen una tarifa fija (ni ticket oficial, bueno, creo que las furgonetas te lo dan si lo pides), sino que es más bien una tarifa preestablecida que todo el mundo conoce, como ya había comentado.

La verdad es que resultaba interesante estar allí subido con tus bártulos y ver entrar y salir a tantas personas del lugar. Es lo que me gusta. Uno se siente como si estuviera integrado, aunque no hable un pijo del idioma local laughing Bueno, vale, me sentía un poco autista, ¡pero no dejaba de ser interesante!

Finalmente decidí bajarme en Turda, una ciudad cercana a Cluj famosa por sus minas de sal, sitio que quería visitar sin duda. Las minas están prácticamente escondidas. Metidas en un barrio de las afueras donde jamás diría uno que hay una atracción turística.

Por desgracia llegué tarde y lo más que pude hacer fue ir de vuelta a Cluj en el microbús oficial con 2 mochileras canadienses y uno australiano que acababan de salir de las minas. Me despedí de ellos en el centro de Cluj y me fui a buscar una Wi-Fi para contactar con el CouchSurfer que había localizado la noche anterior, Alex. Fue entonces cuando me di cuenta de algo… iba tan entretenido hablando con los mochileros, que no me di cuenta de que entre las sombras de los asientos traseros del microbús quedaba rezagada mi mariconera. Mierda. Mierda. ¡Y mierda! (¡Niño, esa lengua!) Empecé a repasar lo que tenía dentro: la cartera con parte del dinero (llevaba otra parte en la faltriquera junto con el pasaporte), el carné de conducir, la tarjeta de crédito (la de débito se la había tragado un cajero un par de días antes de salir de Madrid, así que la nueva aún no la tenía), las llaves de casa, el DNI (estupendo, dirección y llaves, perfecta combinación para obligar a tus padres a cambiar el bombín de la puerta; si ya sabía yo que no me tenía que llevar las llaves por algo…), fotos, tarjeta SIM (aún no la había puesto porque me daba problemas con la Wi-Fi no estando el móvil liberado). Así pues, no sólo quien la encontrara podría enviarlo a Madrid para que alguien entrara en casa de mis padres, sino que además no podía sacar dinero ni comprar nada. Estupendo. Aun conociendo el número de la tarjeta de crédito en muchos sitios tampoco podría comprar ni reservar online dado que para la transferencia es necesaria una coordenada que me envían al móvil, cuya tarjeta SIM estaba en la mariconera. Afortunadamente la tarjeta con las coordenadas la tenía en mi faltriquera, así que tampoco nadie podía utilizarla para enviarse dinero. Pero vamos, que estaba bien jodido.

Con todo esto en mente caminé lo más rápido que pude hacia la casa de Alex, en las afueras de la ciudad. Me recibió como a un amigo de toda la vida, con la puerta abierta de par en par y una cerveza para empezar la noche. Aunque en ese momento mi cabeza estaba en otro lado. Enseguida se movilizó y se puso a llamar, localizó al conductor del microbús y nos acercamos a la parada para recoger la mariconera sana y salva cuando el microbús volvió a pasar por allí sweat_smile

Ahora sí, vuelta a casa, unas cervezas y unos chupitos y directos de fiesta por la ciudad.

Cluj es ciudad universitaria, así que el ambiente nocturno está más que asegurado aunque sea martes. El pobre Alex la verdad es que durmió poco esos días porque por la mañana le tocaba trabajar. Yo me levantaba también con él y aprovechaba a hacer el turisteo que quería hacer por los alrededores y a juguetear con la gastronomía local.

La primera parada, las minas de sal de Turda, por supuesto. Las Salinas de Turda han sido explotadas desde la época de los romanos y está catalogada como uno de los lugares bajo tierra más bonitos del mundo. Si vais a Rumanía tenéis que pasar a verlas, ¡pero llevaros abrigo! Dentro la temperatura es constante entre 10 ºC y 12 ºC. Son impresionantes y si nunca habéis estado en un sitio de éstos podéis tiraros horas admirando la excavación.

A día de hoy las Salinas son reutilizadas como parque de ocio y para el tratamiento de ciertas enfermedades (parece ser que el ambiente salino puede ser de ayuda).

Vuelta a Cluj. Esta noche tocaba descanso.

A la mañana siguiente Alex me acercó temprano a la estación de autobuses. Ese día me iba a ver Peștera Scărișoara, el glaciar más antiguo del mundo con más de 3000 años de antigüedad. El autobús me dejó en Câmpeni donde me paré a comer una deliciosa Ciorba de Burta, o lo que es lo mismo, sopa de tripas (viene a ser algo parecido a los callos pero sin morcilla, chorizo, garbanzos ni pimentón y otras especias). Desde Transfăgărășan me había quedado con las ganas y entró de lujo.

Terminé la comida y a partir de ahí todo autostop hasta Gârda de Sus, la ciudad donde comenzaba la subida hacia la montaña en la que se encontraba el glaciar. En uno de los coches que cogí, otro de los pasajeros era un rumano que estuvo unos años trabajando en el sector de la construcción en España y ahora tenía una constructora que trabajaba por la zona, así que estuve hablando con él un rato en español. Me dio su tarjeta y me invitó a un café en Albac, donde él se quedaba para reclamar unos pagos. Yo continué mi camino. Sólo conseguí coche hasta el mismo comienzo de la subida a la montaña. El último señor que me cogió me dijo que lo mejor era que esperara ahí a que subiera algún coche. Pero tras 15 minutos sin ver ni uno decidí comenzar la subida por la carretera que se prolongaba durante 7 empinados kilómetros. Joder, menuda caminata. Menos mal que no esperé, porque en todo el tiempo de subida no pasó ni un coche, pero menuda paliza de subida…. Tardé casi 2 horas en hacer los 7 km hasta el pueblo desde el que salía el camino hacia el glaciar. Empapado estaba en sudor. Olor a macho como me gusta llamarlo stuck_out_tongue_winking_eye

Y por fin, Peștera Scărișoara. La entrada era brutal, una cueva enorme rodeada de vegetación hacia la que había que bajar por unas empinadísimas escaleras. Daba gusto admirarla. Aunque había que ir con ojo según se bajaba, no es que las escaleras estuvieran muy cuidadas. De hecho la seguridad allí brillaba por su ausencia laughing laughing

He de decir que el glaciar en sí me decepcionó un poco. Bueno, bastante. Lo único que se veía era una superficie de hielo en la que estaba montada una plataforma de madera sobre la que se caminaba (las fotos que podéis ver arriba son de mala calidad por la oscuridad de la cueva). Esa superficie de hielo, que al principio pensé que era como un lago helado lleno de barro, resultó ser el glaciar en sí que tenía 36 metros de profundidad. Se podía bajar a la parte central que formaban las plataformas de madera y caminar por el hielo (o eso me dijeron y yo que lo hice), pero por la parte exterior era peligroso puesto que entre el glaciar y la roca de la cueva había un espacio que caía al vacío donde cualquiera podría escurrirse. Había una zona iluminada y vallada, llamada La Iglesia, donde se podían ver más de 100 estalactitas y estalagmitas de hielo que eran parte del glaciar. También llamaba la atención el tronco de un árbol caído sobre el glaciar, con hojas dispersas por todos lados. Llevaba ahí más de mil años y no se había podrido completamente porque la temperatura en el interior de la cueva es siempre constante y había mantenido a salvo la madera.

Todo esto me lo contó un espeleólogo que había ese día en la cueva. Y es que nada más entrar, al fondo, me encontré con un par de jóvenes que estaban rodando una especie de documental para la televisión con intención de fomentar el turismo en Rumanía. Me pidieron que si podían entrevistarme y preguntarme sobre qué me parecía Rumanía. Acepté encantado y ciertamente les conté lo que pensaba: que Rumanía era país encantador, con una naturaleza abrumadora y que sin duda volvería. Fue antes de llevarme la pequeña decepción de lo poco que se podía apreciar del glaciar, pero eso no cambia mi visión sobre Rumanía smile

Me dijeron que me enviarían el vídeo. Aún no lo han hecho, pero yo tenía mi GoPro grabando todo el rato, así que aquí os pongo la entrevista, aunque en vez de disfrutar de lo guapo que estoy con barba, tendréis que conformaros con la preciosa periodista rumana stuck_out_tongue_winking_eye

Salí ya un poco tarde de la cueva, a eso de las 3 de la tarde (y me había levantado a las 6 de la mañana, pero ya sabéis, combinación de carreteras lentas, autostop y encima una larga caminata al final, hacen el día largo) y me puse a hacer autostop allí mismo para bajar la montaña. Me paró de inmediato una furgonetilla azul. Me pareció entrar de repente en la escena de una película. Eran una pareja joven de granjeros tan… típicos. Bueno, la palabra correcta sería paletos, pero no quiero ser despectivo. Eran súper majos, pero en fin, es que es la palabra, con todos mis respetos desde luego. Con su furgonetilla bajando a la ciudad grande a comprar enseres y llevando sus frutas y viandas para venderlas. Con sus ropas típicas (aunque la mujer llevaba unos taconazos que lo flipas) y hasta con sus cintas de casete con música al más puro estilo Camela, pero en rumano. Yo iba encantado, claro, observando aquella estampa como ajeno a todo blush Me dejaron en Albac y entré en un bar a comer algo rápido que resultó ser comida típica rumana, de ésa que te dicen que tienes que probar, unos Mititei, rollos de carne picada enrollada.

Desde allí pude coger una furgoneta hasta Câmpeni a donde llegué pasadas las 4. Ya no había más autobuses que fueran hacia Turda o Cluj porque la mayoría de la gente volvía de esas ciudades de trabajar, no iba hacia ellas. Pero tonto de mí pensé que no habiendo autobuses podría coger un coche haciendo autostop. Tuve que hacer competencia con los locales, pero ninguno iba hacia donde yo quería. Ese día tuve mis 3 únicas malas experiencias con el autostop en Rumanía.

Primero un tipo que estaba haciendo autostop me dijo que si quería que él me podía llevar, que tenía el coche ahí un poco más adelante. Claro, yo me quedé a cuadros, ¡porque el tipo estaba haciendo autostop! No sólo eso, sino que el tipo quería que le pagara por adelantado 30 Lei. Insistió varias veces pero obviamente le mandé a la mierda lo más educadamente que pude. Lo intentó también con una señora local que evidentemente no picó y luego incluso me quiso quitar un coche que había parado por mí (que no iba hacia donde yo quería de todas formas). Vamos, un personaje.

Estuve esperando más de una hora en la zona de la ciudad donde todos los locales esperaban, pero todos los coches iban en otra dirección. La intersección no estaba muy lejos, así que caminé el trecho que me quedaba y busqué un sitio para asegurarme de que todos los coches que pasaban por ahí iban en dirección a Turda o a Cluj. Otra hora más y ninguno llegaba hasta donde necesitaba. Era casi de noche así que un viaje intermedio no me ayudaba, necesitaba un coche que al menos llegara hasta Turda para poder coger desde allí el autobús a Cluj. Y encima empezaba a llover. Cojonudo. A las malas podía quedarme en Câmpeni a dormir en alguna pensión, pero no quería de ningún modo pues esa noche había hecho planes en Cluj. Por fin paró una camioneta que iba a Turda. Bufff, menos mal… o eso creía… El tipo era majete, con muy escaso inglés, pero es con diferencia el peor conductor de todos los que había visto. No conducía excesivamente rápido para los estándares rumanos (bueno, sí lo hacía), pero daba miedo ir con él (recuerdo una furgoneta que estaba adelantando a otro coche, él llegó y se plantó a escasos 20 cm (sin exagerar) del culo de la furgoneta, dándole las largas y pitando para que acelerara y se apartara). Pero quedarse en mitad de la nada en noche cerrada tampoco era buena idea… Me daba cuenta de que cuando hablaba con él se relajaba al volante, así que aunque no me entendiera mucho yo trataba de hablarle. Lo cierto es que llegamos pronto a Turda (bueno, a las afueras) y el chico intentó localizarme algún compañero que me llevara a Cluj, sin éxito. Además cuando le pagué la carrera me devolvió una buena parte (yo aún estaba intentando descifrar cuánto tenía que pagar por cada viaje).

Tuve que andar una horita hasta la parada del autobús en Turda donde me paró un coche que me llevó hasta Cluj. Por fin… Un poco tarde, pero al fin allí. También esa noche salimos de fiesta y recorrimos varios clubs de Cluj. ¡¡Era jueves!! Y yo estaba destrozado stuck_out_tongue_closed_eyes

Al día siguiente me quedé tranquilamente en casa descansando y organizándome para los días posteriores y la vuelta a Bucarest. Lo cierto es que en Cluj me lo pasé tan bien que me quedé una noche más de lo esperado en casa de Alex. Pero tenía que volver. Había prometido a una amiga ir a visitarla a Skopje y tenía ganas de verla de nuevo smile

Así que esa noche cogí un autobús nocturno de vuelta a la capital en vez de hacer autostop como tenía planeado. Alex me dejó en una zona relativamente cercana y caminé hasta la estación. Cogí un kebap para comer para el camino y entregué mi billete al revisor del autobús al entrar. El tío empezó a descojonarse y a decirme algo en rumano. ¿Qué le pasará a éste? Me devolvió el billete. Tardé un rato en darme cuenta de que le había dado el ticket del kebap laughing laughing laughing

En Bucarest había varias paradas y luego el autobús seguía hasta Constanța. Yo me bajé en la primera parada e incluso saqué mi mochila del autobús, pero me di cuenta de que esa parada era la del aeropuerto, que estaría a tomar por saco del centro. Pregunté al conductor como pude y me dijo que sí, que había una parada en la estación de tren, así que metí mi mochila de nuevo en el maletero, cogí mis cosas y subí de vuelta. El autobús arrancó y… mi mariconera, ¿dónde coño está mi mariconera? ¡Joder! ¡Otra vez! ¡Pero serás idiota! La busqué por todos lados, pero no, me la había dejado en la calle cuando había sacado las cosas del maletero y luego las volví a meter. Había mochilas de otros viajeros fuera y no me di cuenta. De puta madre… Volví a repasar lo que llevaba en la mariconera, pero esta vez llevaba el DNI en mi segunda cartera conmigo (nadie podría entrar en casa de mis padres aunque encontrara las llaves) así como la tarjeta de crédito. Algo es algo…

Con el ánimo por los suelos me bajé en la estación de tren, saqué mi mochila del maletero, me la cargué a la espalda y… algo cayó al suelo. ¡No puede ser!¡Ahí estaba! Se ve que al meter la mochila de nuevo al maletero enganché la mariconera y la metí junto con ella.

Bien, lección aprendida: ¡¡NADA DE MARICONERAS!! Está claro que si uno va de mochilero no puede llevar muchas cosas sueltas, de otra manera puedes terminar perdiéndolas. Saqué todas las cosas de mi mariconera y las repartí por otros sitios. No quería tentar a la suerte una tercera vez.

Eran las 6 de la mañana. La idea era visitar el centro de Bucarest y luego salir de la ciudad por el sur y hacer autostop hasta llegar a la frontera con Bulgaria en Giurgiu/Ruse.

Así pues no había tiempo para una visita rápida a Miky y Bea, que vivían a las afueras. Como era aún de noche y no podía ver nada me paré a tomar un cafelito en la estación de tren. El camarero, un hombre en sus 50 largos, hablaba bastante bien inglés porque había estado trabajando en un hotel de botones, y aprendió a hablarlo y a entenderlo a fuerza de necesidad. Nos tiramos más de una hora charlando, rememorando él viejos tiempos en los que se vivía mejor. Ahora no ganaba suficiente ni para pagar el piso, así que tenía pensado mudarse. Su sobrino, que también estuvo varios años en España en la construcción, había vuelto a Rumanía tras el inicio de la crisis y ahora no encontraba trabajo. Recordé en ese momento la tarjeta que me había dado el constructor de Câmpeni. Le hice una foto para tener sus datos y escribirle después y se la di al hombre para su sobrino.

No sé si al final llegó a conseguir el trabajo, tengo que preguntar al constructor, pero en ese momento me sentí una persona distinta. Alguien que por el azar, por el destino o simplemente por su forma de vida va tejiendo lentamente una red que une a gente de una u otra manera. Cogiendo de un sitio y dando en otro. Me gustó esa sensación. Aprender en un sitio, y enseñar en otro. Como se hacía antiguamente cuando la información no viajaba por cables submarinos u ondas por satélite. Cuando un viajero era una fuente de conocimiento. Y aún lo sigue siendo. Un viajero no es un especialista con 5 años de experiencia trabajando en X (poner aquí la rama de estudios/trabajo que a cada uno le plazca). Un viajero es una fuente de un tipo de conocimiento que no se aprende en las escuelas, en la universidad, en un laboratorio o en una gran empresa, sino del que se pasa de padres a hijos, de abuelos a nietos, de generación en generación, en cada pueblo, en cada aldea, en cada cultura. Un viajero es un portador de todo ese conocimiento que aprende en sus viajes, es el conocimiento del mundo, de la gente, de la vida. Un viajero no solo observa. Un viajero une pueblos, une culturas, une personas. Desmonta clichés y prejuicios. Enseña cuán parecidos somos todos tras nuestras diferencias y el poco sentido que tiene luchar para arrebatarnos lo que podríamos compartir.

 

Hasta pronto Rumanía, sin duda volveré wink



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