Vang Vieng, aprendiendo el camino

Paisaje en Vang Vieng: formaciones kársticas

Vang Vieng, un pequeño pueblo en la ruta entre Vientián y Luang Prabang que ha cambiado radicalmente con los años pasando de ser un lugar de paisajes idílicos hace 10 años a una posterior época de drogas y alcohol sin control que terminó hace un par de años cuando la policía empezó a cerrar bares a punta pala. Ahora los paisajes siguen siendo los mismos, pero monetizados hasta la exageración, y el ambiente joven y festivo de mochileros es más moderado, aunque intenso (similar a Pai en Tailandia). Por cierto, en Laos hay toque de queda a las 23:30 para todos los comercios (aunque algunos pagan a la policía para que haga la vista gorda).

Sería en este ambiente en el que cambiaría la forma de plantearme el viaje.

Llevaba días frustrado en esta pequeña población dándole vueltas al mismo pensamiento: estaba viajando mucho, y conociendo muchos otros mochileros por el camino, sí, pero no conseguía perderme, no conseguía conectar con la gente local. Una de las motivaciones de mi viaje era precisamente ésa, interactuar con los locales, vivir como ellos, integrarme en su cultura. A mi favor tenía que viajaba haciendo autostop, lo que en principio facilita la interacción, pero seguía viajando de ciudad en ciudad, siempre en busca de las casas de huéspedes más baratas. Así que al final estaba siempre con otros viajeros.

No ayudaba el proceder de las gentes de Laos, ni el voluntariado en el que me había metido, el primero que hacía y con el que buscaba, no sólo reducir gastos, sino integrarme con los locales. Lo había conseguido gracias a un tipo belga muy interesante (Erik) que llevaba años moviéndose en Laos haciendo siempre trabajo de campo. Lo había conocido en un bus que me cogió cuando hacía autostop (gratis smile ) y coincidí de nuevo con él en Vang Vieng. El trabajo era de campo, en un resort administrado por un singapureño. Con el trabajo de campo todo iba bien, pero el dueño quiso de alguna manera “comprarme” para que montara una agencia de viajes para él. Las condiciones no estaban claras y yo no estaba a gusto con la situación. Al mismo tiempo un francés que se movía de forma similar al belga quiso también convencerme para su propio proyecto de voluntariado. Estos dos proyectos suponían asentarse en Laos por un tiempo y, como ya he comentado, no me convencía el país así que finalmente rechacé ambas ofertas.

Felizmente me encontré entonces con Fabricio, un hermano costarricense con el que había coincidido brevemente en Vientián. Me moví al hostal donde él estaba e hicimos muy buena amistad. Me habló de la vida, me habló de la gente, me habló del amor al mundo tal y como es. Me mostró el camino para aprender a disfrutar cada momento de la vida y empecé a apreciar cada segundo, a no desperdiciar un instante con inseguridades o frustraciones. Aún sigo aprendiendo, aún sigo rumiando pensamientos, pero gracias a él empecé dejarme llevar un poco más por las circunstancias, relajarme y acercarme más a los demás viajeros.

Fue así como conocí a Anya, una rusa que viajaba sola por Laos y con la que sigo manteniendo una buena relación desde que simplemente me acerqué a hablar con ella en un restaurante; y a Liam, un irlandés mal de la cabeza que había coincidido con Anya haciendo tubing en Vang Vieng; y a Elena, una chica italiana que viajaba haciendo autostop y que por fortuna sigue viva tras el terremoto de Nepal; y a Casey, un malayo asentado en Australia tan salido como yo; y a las finlandesas Heini y Sanni; y a un quiropráctico estadounidense con el que me puse a hablar en una cueva; y al estadounidense con cara de violador en serie de cuyo nombre no quiero acordarme; y, y, y…

Y descubrí que el mundo está lleno de gente interesante sean o no locales; que tan solo unos minutos de conversación con una persona que no volverás a ver en la vida pueden darte una visión muy diferente del mundo; que una sonrisa, un “hola, ¿cómo estás? ¡ven a charlar con nosotros!” es el acicate que puede necesitar un extraño para acercarse y conocerte; que si desprendes positividad, recibes positividad; que la vida no es para tomársela en serio, sino para disfrutarla.

Así pues, tras mudarme al hostal estuve disfrutando de la gente y del ambiente viajero como un enano. El momento cumbre fue sin duda el último día del año. Por la mañana, olvidándome por un momento de mi ajustado presupuesto, estuve haciendo tubing acompañado de un chaval israelí. Allí empapé mis únicas zapatillas, así que pasé descalzo la Nochevieja de bar en bar y de fiesta en fiesta, acompañado casi siempre por Fabricio, Elena y el trío de alemanes que había conocido en Vientián (Christoph, Sophie y Vanessa), con los que me había reencontrado allí.

Os dejo algunas imágenes de Vang Vieng y su magnífico paisaje.



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